Más allá del conocimiento: competencias que todo educador debe fortalecer para transformar generaciones

José Kordes es Director comercial y comunicación de la Universidad Evangélica Boliviana y Miembro de la Sociedad de Evolución Empresarial Responsable (SEER)

Cuando hablamos de educación, solemos enfocarnos en el conocimiento académico como el principal elemento de formación. Sin embargo, formar jóvenes preparados para enfrentar la vida requiere mucho más que transmitir contenidos. Requiere desarrollar competencias humanas que inspiren, conecten y potencien capacidades.

En esta ocasión quiero reflexionar sobre algunas competencias fundamentales que todo educador debería tener presente, especialmente quienes trabajan en colegios, entendiendo que existen tres grandes momentos en la preparación de nuestros jóvenes, quienes hoy, más que nunca, representan el presente y el futuro de Bolivia.

Tres momentos fundamentales en la formación de los jóvenes

El primer gran momento es la familia, un espacio clave donde los padres desempeñamos un rol determinante en el desarrollo de competencias y valores en nuestros hijos. El respeto, la lealtad, la honestidad, la responsabilidad y la empatía son principios que se forman principalmente en casa.

El segundo momento corresponde a todo el ciclo escolar, donde profesores y directores no solo aportan conocimientos generales para la continuidad académica, sino que también ayudan a formar habilidades blandas, hábitos, disciplina y valores que marcarán profundamente el carácter de los estudiantes.

El tercer momento es la universidad, etapa donde los jóvenes se especializan en un área específica para ejercer una profesión y aportar a la sociedad y al país. Pero incluso allí, además del conocimiento técnico, siguen desarrollándose principios, competencias humanas y habilidades interpersonales.

La actitud: una competencia que multiplica

Hace algún tiempo fui invitado a brindar una conferencia sobre competencias para educadores de colegios. Confieso que al inicio me cuestioné cómo abordar el tema, considerando que tuve más de 20 años de experiencia en el mundo corporativo —muy distante del ámbito educativo— y apenas tres años vinculado al sector educación, principalmente desde el área de marketing.

Entonces recordé mi paso por el colegio.

Recordé a mi profesor de matemáticas, Ricardo, quien logró enamorarnos de los números a través de los cálculos mentales. Cada vez que levantábamos la mano para hacer una pregunta o pedir permiso, con una sonrisa nos planteaba un cálculo sencillo: “Si respondes correctamente, tienes permiso”. No eran ejercicios complejos, pero despertaban el desafío, el interés y las ganas de participar.

También recordé a mi profesora de lenguaje, Shirley, quien nos asignaba lecturas y pedía resúmenes por capítulos. Independientemente de cómo expusiéramos nuestras ideas, ella siempre nos escuchaba atentamente y, con paciencia y cariño, nos ayudaba a estructurarlas mejor. Esa atención personalizada motivaba a esforzarnos más para la siguiente clase, porque no queríamos fallarle a alguien que enseñaba con tanta dedicación.

Ambos profesores tenían algo en común: la actitud.

No solo enseñaban una materia; conectaban con sus estudiantes. Nos desafiaban, nos motivaban y lograban generar un impacto que iba mucho más allá del aula.

Esto me hizo recordar la fórmula de Kupper, que establece que:

Valor = Capacidad + Habilidad × Actitud

Mientras la capacidad y la habilidad suman, la actitud multiplica.

Y eso fue exactamente lo que vi reflejado en mis profesores: una actitud extraordinaria que multiplicaba el valor de sus enseñanzas. Una buena actitud frente a momentos complejos —y, por qué no decirlo, en todo momento— puede convertir a una persona en alguien extraordinario.

A todos nos gusta estar rodeados de personas positivas, inspiradoras y auténticas. Ahora imaginemos por un momento qué sucedería si todos los profesores fueran personas que inspiran permanentemente a sus estudiantes. Las universidades recibirían bachilleres mucho más potenciados, y posteriormente nuestra sociedad tendría profesionales con sólidas capacidades técnicas, pero también con competencias humanas desarrolladas.

Sin duda, nuestro país sería diferente.

La inteligencia emocional: aprender a administrar las emociones

La segunda competencia que compartí en aquella conferencia fue la adecuada administración de las emociones.

Convengamos que un hecho genera una interpretación; esa interpretación produce una emoción; la emoción nos lleva a una acción y, finalmente, la acción genera un resultado.

La gran pregunta es:

¿Ese resultado es realmente el que esperamos?

Las emociones no son buenas ni malas; son parte de nosotros. Lo importante es aprender a gestionarlas.

Tomemos como ejemplo el miedo, una emoción que considero particularmente interesante porque, a diferencia de otras emociones que suelen conectarnos con el pasado, el miedo nos habla del futuro.

Algunas características del miedo:

  • Está relacionado con posibilidades futuras.
  • Puede provocar ansiedad.
  • Tiene un sentido de protección.
  • Puede hacernos perder de vista el objetivo.
  • Requiere preparación para ser gestionado.
  • Su contraparte positiva es el entusiasmo.

Pensemos en un estudiante que está en riesgo de perder el año escolar después de un mal examen.

Si administra el miedo desde la ansiedad, probablemente se enfocará únicamente en el castigo de sus padres o en las consecuencias negativas, perdiendo claridad sobre las alternativas de solución.

Pero si aprende a gestionar esa emoción desde la preparación y la planificación, podrá enfocarse en recuperar la materia, organizar un plan de acción y encontrar motivación para superar el problema. Ese cambio de enfoque transforma el miedo en entusiasmo y aumenta significativamente las posibilidades de alcanzar el objetivo.

Ahora imaginemos el impacto que tendría si cada educador comprendiera mejor las emociones y ayudara a sus estudiantes a interpretarlas correctamente. Una vez más, estaríamos formando jóvenes fortalecidos y mejor preparados para enfrentar los desafíos de la vida.

Reflexión final

Está claro que el conocimiento es indispensable y seguirá siendo una pieza fundamental en la educación. Sin embargo, también debemos ser conscientes de que existen competencias humanas que, con el paso del tiempo y la rutina, muchas veces olvidamos que tenemos incorporadas.

La actitud, la empatía, la inteligencia emocional y la capacidad de conectar genuinamente con las personas pueden marcar una enorme diferencia en la formación de nuestros jóvenes.

Todos somos distintos, pero desde el respeto, la conciencia y el compromiso podemos contribuir a formar mejores personas y, en consecuencia, construir una mejor sociedad.

Porque educar no solo consiste en enseñar contenidos, sino en inspirar vidas.