El ajuste que Bolivia necesita… según Harvard (y el problema que Harvard no ve)

Orlando Saucedo Vaca, es Máster en Economía & Finanzas, UCB/UNIR

Hay algo curioso con los informes bien hechos. Te ordenan la cabeza. Te ponen números donde antes había intuiciones. Y, de alguna forma, te obligan a mirar de frente lo que uno ya venía sospechando.

Eso pasa con el reciente paper del Growth Lab de Harvard sobre Bolivia. No es un documento más. Es, probablemente, uno de los diagnósticos más claros —y más incómodos— que se han hecho sobre la economía del país en los últimos años.

Y el mensaje de fondo es difícil de esquivar. Bolivia no está entrando en una crisis. Bolivia ya venía en crisis… solo que la estaba administrando.

El propio documento lo explica con bastante crudeza: durante más de una década se acumularon desequilibrios fiscales y externos que no explotaron antes porque había reservas para sostenerlos. Cuando esas reservas prácticamente se agotaron en 2023, todo empezó a salir a la superficie: falta de dólares, mercado paralelo, escasez de combustibles, inflación acelerándose.

Es decir… el problema no nació ahora. Solo dejó de poder ocultarse.

De hecho, el paper plantea algo todavía más fuerte: sin cambios de política, Bolivia estaba al borde de un escenario mucho más duro. Caída del PIB, contracción de importaciones, emisión descontrolada, deterioro financiero… incluso una alta probabilidad de default.

Ahora bien, también reconoce algo que es justo decir: el nuevo gobierno logró evitar ese escenario en el corto plazo. Consiguió financiamiento externo importante, redujo parcialmente subsidios, ordenó —al menos en parte— el mercado cambiario. Eso estabilizó expectativas, bajó tensiones y dio aire.

Pero —y acá empieza lo importante— el mismo documento es claro: eso no alcanza. Las reformas fueron necesarias, sí… pero no suficientes. El déficit sigue siendo alto. Parte importante se sigue financiando con emisión. El tipo de cambio todavía tiene presiones. Y la estabilidad lograda hasta ahora es, en buena medida, una estabilidad “comprada” con financiamiento externo.

Dicho de otra forma: se evitó lo peor… pero el problema de fondo sigue abierto. Y acá es donde el paper se vuelve interesante de verdad. Porque no solo diagnostica. También plantea qué habría que hacer.

El camino es bastante directo: un ajuste fiscal fuerte, centrado en subsidios energéticos, inversión pública poco eficiente y control del gasto. A eso se suma algo clave: ordenar el tipo de cambio, reconstruir reservas y, probablemente, avanzar hacia un programa con el FMI.

Todo bastante lógico. Todo bastante conocido. Y, según el propio documento, totalmente factible. Sí, el plan es factible. Pero no es automáticamente ejecutable. Más preciso: Es económicamente viable… pero políticamente frágil. Y ahí está el punto que, a mi juicio, marca la diferencia entre un buen informe… y la realidad.

Porque el paper es sólido técnicamente, pero tiene un sesgo típico de Harvard: subestima el costo político del ajuste. No es una crítica menor. Es la diferencia entre que un plan funcione… o no.

Lo que el documento no dice explícitamente —pero cualquiera que haya visto cómo se toman decisiones en este país entiende— es esto: El ajuste es viable en Excel…pero puede fracasar en la calle.

Y ese riesgo no es teórico. Es concreto. Ajustar implica subir precios que estaban artificialmente bajos. Implica tocar subsidios. Implica contener gasto. Implica, en el corto plazo, incomodar. Y eso tiene reacción. No en un modelo. En la realidad.

En el transportista que protesta. En el trabajador público que se resiste. En la familia que siente el golpe. Entonces, el verdadero desafío no es diseñar el ajuste. Es hacerlo políticamente sostenible.

Porque no hacer el ajuste no elimina el problema. Solo lo transforma en algo peor. El propio contexto que describe el paper lo deja claro: cuando faltan dólares, cuando hay escasez, cuando la inflación sube… alguien siempre termina pagando.

Ese es el ajuste desordenado. El que nadie decide, pero igual ocurre. Y suele ser más duro, más injusto y más caótico. Por eso, la discusión de fondo en Bolivia no es si hay que ajustar o no. Eso ya no está en debate.

La discusión es otra: ¿Queremos un ajuste ordenado, imperfecto pero controlado…
o uno desordenado que nos obligue a reaccionar tarde? Porque la ventana que hoy existe —con financiamiento, con cierto margen y con algo de credibilidad— no es eterna. Se cierra.

Y cuando se cierra, lo que queda ya no es política económica. Es sobrevivencia. Tal vez por eso este paper incomoda. Porque no dice nada completamente nuevo… pero lo dice con claridad. Y a veces, lo que más cuesta no es entender el diagnóstico. Es aceptar lo que implica.