sábado. 18.07.2026

Control de precios: el remedio peor que la enfermedad

Orlando Saucedo Vaca es Asesor Económico y Financiero

Hablar de control de precios siempre trae opiniones encontradas, y con razón. Los gobiernos a veces usan esta estrategia para parar la inflación o ayudar a que la gente compre lo necesario. Pero la historia muestra que, aunque la intención sea buena, muchas veces no produce los resultados esperados.

En Bolivia, por ejemplo, hay una propuesta en el presupuesto 2025 de confiscar productos si se ven aumentados los precios injustamente. Pero puede que, lejos de ayudar, esto haga que la situación sea peor.

La inflación afecta a todos. Cuando los precios suben, el dinero de la gente vale menos. Antes, se podía llenar la despensa con cierta cantidad, pero ahora apenas basta para unos pocos artículos. Es entendible que el gobierno quiera hacer algo al respecto. Pero hay que cuestionar si estas medidas realmente tocan el problema de raíz o si solo sirven de solución momentánea que puede traer problemas más grandes a mediano plazo.

El control de precios no es algo nuevo. En el pasado, decisiones similares han traído efectos negativos. Un ejemplo es el emperador romano Diocleciano, quien impuso precios máximos. Eso hizo que los comerciantes dejaran de vender porque no podían cubrir sus costos. Más recientemente, en Argentina y Venezuela, los controles de precios vaciaron los estantes y aumentaron los mercados informales.

Estas medidas no atacan las verdaderas causas de la inflación. Si un comerciante no puede vender a un precio que cubra sus gastos, dejará de ofrecer el producto. Esto crea escasez y, en lugar de bajar precios, estos suben en el mercado informal.

En Bolivia, la idea de confiscar productos por precios altos genera dudas. ¿Qué significa precio alto? ¿Quién decide lo que es justo? Sin reglas claras, esto puede ser confuso y perjudicial tanto para comerciantes como para consumidores.

Como ya hemos mencionado, este tipo de acciones pueden tener el efecto contrario. Si los comerciantes temen que les quiten sus productos, algunos podrían dejar de vender o salir del mercado legal. Eso solo aumentaría la falta de productos y afectaría la economía, causando menos empleos y menos ingresos para el Estado.

También es fundamental considerar cómo esto afecta la confianza en las reglas de jugo. Las empresas, ya sean nacionales o internacionales, necesitan saber que las normas son claras. Si sienten que las reglas pueden cambiar sin aviso, no invertirán. Sin inversión, la economía no crece.

¿Qué alternativas tenemos entonces? En vez de medidas drásticas que solo dan soluciones temporales, sería mejor buscar otras alternativas que la experiencia internacional y la lógica económica sugieren. Por ejemplo, una política fiscal responsable y un control adecuado de la emisión monetaria podrían ayudar a reducir la inflación. Además, es clave fortalecer la confianza en la moneda local.

Hay que apoyar la producción local. Si se quitan las trabas burocráticas y se dan incentivos a los productores, habrá más bienes disponibles. También facilitar la importación de productos puede ayudar a controlar los precios sin afectar el mercado.

La inflación es un problema complicado y no hay soluciones fáciles. Pero es vital que las decisiones se tomen con sensatez, buscando el bienestar a largo plazo. Bolivia necesita medidas que fomenten la inversión, apoyen la producción local y promuevan el comercio. Solo así se podrá lograr un desarrollo económico sostenible.

Es esencial aprender de los errores del pasado y no repetirlos. La gente necesita soluciones viables que mejoren su calidad de vida.

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